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lunes, 23 de febrero de 2009

Castillo de Monteagudo


Aparece este castillo por la carretera de Murcia a Orihuela.
Entre estos castillos que defendieron a la antiquísima urbe, cabeza de un reino moro, descolló el de Monteagudo. Con este nombre hay un castillo moro, arruinado, en la provincia de Cuenca - partido de Cañete -; otro castillo moro en la de Teruel, otro castillo en la de Albacete, y otro, en fin, en la de Murcia. Aquí nos referimos al castillo del pueblo de este nombre en tierras murcianas. Desde la capital se divisa a lo lejos pues sólo dista 5 kilómetros de Murcia, donde contribuía a la defensa de la huerta murciana con los castillos de Castellar o Caballerizas - de origen sarraceno - y el de Larache -del siglo xv-; Este castillo, el más típico de la región en el concepto de roquero, cobija desde tiempos medievales al interesante pueblo de Monteaguado. Es pintoresca la ascensión a este castro, que se cita históricamente en los más importantes sucesos de los años 1078 y 1079. Se asegura que fue dado a Alfonso X el Sabio en garantía del vasallaje del rey moro, y que a él vino a residir el monarca después de la Reconquista, y en este castillo firmó varias cartas reales. Mide su planta 45 por 25 metros. El castillo moro descansa sobre cimentaciones romanas. Son consistentes los bastiones y contrafuertes del nordeste. Hay restos de una tronera o ventanal llamado de la Reina mora. Después del siglo XVI fue reconstruido en parte. En tiempos modernos se ha encumbrado sobre el castillo moro de Monteagudo una estatua del Sagrado Corazón de Jesús.
En la falda del cerro hay abundantes yacimientos prehistóricos -ibéricos y romanos -, muy explorados. Y en lo más alto del escarpado cerro se cimenta la fortaleza sobre peña abierta, dominando la verde llanura y mostrándose como el más típico de la región entre los castros denominados roqueros. Entre las antigüedades latinas y prerromanas halladas en el recinto de la fortaleza se desenterraron columnas que figuran en la portada de San Andrés, y restos conservados en el museo. El origen del castillo es romano, reedificado por los árabes. Está dentro de dos recintos: uno árabe y otro latino.
El aspecto del castillo principal es verdaderamente imponente, por la enorme masa de sus muros y torres empotradas en ellos, de gran altura.
Data del siglo XI, y Alfonso el Sabio lo habitó en 1257. Es un primitivo ejemplar de fortificaciones abalaustradas de transición.

Murallas de Daroca (Zaragoza)


En todas las ciudades fortificadas podemos distinguir el castillo y las murallas. En Daroca, no. Allí las extensas murallas que holgadamente circundan la ciudad, hundida en la arista de dos vertientes, remontan los montes vecinos y son, a la par, un inmenso castillo o colosal fortaleza que la defiende. Media legua de circuito con toda suerte de numerosos torreones o fortines, antiguos y modernos, grandes, pequeños, arruinados o remozados, construidos de sillares, ceñidos de almenas y engarzados como las piedras de un collar; más de cien torres, como San Jorge, la Espuela, el Jaque, la Nueva, el Aguila Blanca y otras que se disputan el honor de un heroísmo, de una tradición o de un hecho bélico de admirable recordación.
En ambos extremos, cuando las murallas bajan a tocar los dos extremos del caserío que defienden, se perforan en dos monumentales puertas guerreras flanqueadas de recias torres cuadradas y góticos portalones abovedados de crucería, que abren paso a las carreteras que aquí llegan de Zaragoza y de Teruel, para cruzar por su ancha calle la ciudad de los Corporales. Las torres son del siglo xv, pero las puertas del XVI, Y de las mismas centurias los tendidos de murallas y fortines, y de orden de Alfonso V la reparación de varios torreones.
Tan aparatoso es el portal llamado de Fondonera, que al entrar Carlos III en la villa dicen que preguntó dónde estaba la ciudad de tan magníficas puertas y fortíficaciones.

jueves, 19 de febrero de 2009

Castillo de Escornalbou (Tarragona)


Distante de la ciudad de Tarragona 37 kilómetros y situado en lo alto de una montaña. Con ser muy interesantes sus construcciones, tiene el atractivo de su situación y de la montaña de Santa Bárbara.

Escornalbou dimana de la forma de la montaña, pues tiene tal altura y su base es tan reducida, que se asemeja a un cuerno de buey. Desde cualquier población del llano o campo de Tarragona puede verse, en las estribaciones de la cordillera del Priorato, cual atalaya o avanzada, la montaña de Escornalbou. Forma una pirámide perfecta, y en su vértice, denominado Santa Bárbara, tiene una altura de 700 metros sobre el nivel del mar, en la cima de La Mola.

Se desconoce la época de la edificación del castillo, suponiendo los historiadores que data del siglo XII. Sus murallas, iglesia románica, torre del Cardenal y el castillo, levantado sobre murallas de la época romana, afirman que estas edificaciones pertenecen a los primeros tiempos de la época cristiana, y allí se sucedieron obras romana, visigótica, árabe y cristiana. El edificio del monasterio, con su claustro y demás dependencias, poco tiene de notable desde el punto de vista arquitectónico, aunque todos ellos no se hallen faltos de gusto.
En el año 1162, el rey Alfonso concedió aquel territorio a Juan de San Baudilio, para que levantase una iglesia dedicada a San Miguel y erigiese un convento de canónigos de la Orden de San Agustín. En la segunda mitad del siglo XIV, la comunidad agustina fue extinguida. En el año 1580, el arzobispo Antonio Agustín cedió el cenobio a los frailes recoletos, los cuales establecieron en él un colegio-seminario que duró hasta el año 1835.

En nuestros días, el conventual edificio fue adquirido por don Eduardo Toda y Güell, quien lo habilitó para su residencia, restaurando algunas edificaciones, así como la iglesia románica, y siendo su entusiasta conservador hasta que falleció.

Su situación es realmente excepcional. La formación geológica de la montaña proviene, probablemente, de algún cataclismo de la Naturaleza. La vegetación es espléndida: pinos, encinas, olmos y robles forman una masa que se eleva 700 metros sobre el nivel del mar y se halla cubierta por un verdadero tapiz de plantas silvestres. La mejor belleza de Escornalbou es la visión panorámica, que se puede admirar desde el castillo o desde el pico Santa Bárbara.

Ahora suma sus dos aspectos antagónicos de guerra y de paz: el castillo de altas torres almenadas, las puertas ferradas de sus gruesos muros con retadores escudos de armas, saledizos, saeteras yotras obras militares, contrastando con el templo y los claustros, con sus galerías de arcos en medio punto, de bella factura, encarados al silencioso paisaje de visualidad que convida a la meditación.

San Miguel de Escornalbou, que durante centurias lo habitaron monjes guerreros, fue modernamente lugar de estudio de un ilustre barcelonés, que lo convirtió en riquísima biblioteca: el mejor destino que pudo dar al castillo-monasterio de primores góticos, del siglo XII, que por el abandono de los agustinos pasó a los franciscanos en 1574, como en 1911 al ya difunto historiador.

viernes, 13 de febrero de 2009

Castillo de Chinchilla


A 700 pies de altura, en la cumbre del cerro en que se asienta la ciudad, perduraron hasta el pasado siglo, en regular estado de conservación, las defensas del grandioso castillo que, sirvieron de terraplén a un frío e imponente presidio de la nación, sucesor de la cárcel que allí hubo desde 1605.

El origen de esta fortaleza es antiquísimo. En tiempo del Imperio debió haber sido ya plaza fuerte, a juzgar por las cimentaciones romanas que se descubren. Sobre ellas levantaron los godos grandes torres y murallas, y árabes y cristianos continuaron defendiendo tan importante castillo.

Fue de origen romano - según afirma el señor Cebrián -, y a la irrupción de los godos no se hallaban, al parecer, terminadas las obras, por cuanto el rey Sisebuto dispuso su conclusión, dando el apellido Castillo a los que las llevaron a cabo. Nada debió el castillo, en cuanto a reparos y mejoras, a la dominación árabe, según el mismo autor; y únicamente don Juan Pacheco, marqués de Villena, lo restauró a mediados del siglo xv, y como signo de su señorío dispuso poner en los fortines, esculpido en piedra, el escudo y armas de Pacheco, según y como se ve todavía. Aunque ostensiblemente no conserva nada de aquellas edades primeras, ni de las que le sucedieron, proclama corresponder, sin duda, a la XV centuria, a pesar de las obras y reparos posteriores.

Entre sus más históricos prisioneros cuenta al famoso César Borja, por atribuirsele la muerte del duque de Gandía, su hermano, a dicho duque deValentino. Fue encerrado en la alta torre prismática, en cuya terraza un día quiso matar al alcaide de la fortaleza, Gabriel de Guzmán, que lo era por el duque de Maqueda. Y para evitar los intentos de evasión fue trasladado a otros castillos dicho César Borja.

El foso del castillo era profundo y numerosos los torreones que lo circundaban. Tuvo dos puentes levadizos.

Por la posición topográfica que ocupa, en el ribazo de un cerro y cabe de una montaña, y por la secular fortificación de su castillo roquero, estaba la ciudad de Chinchilla llamada a jugar importantísimo papel en las vicisitudes de la historia patria. Y, en efecto, en muchas sirvió con no poca fortuna de punto estratégico. «Importante por demás - sigue diciendo la Crónica de la provincia, de Roa y Erostarbe, a la cual seguimos refiriéndonos - es asimismo el papel que la fortaleza de Chinchilla juega en nuestra historia nacional. Codiciada por los árabes, rescatóla de éstos la monarquía aragonesa, a quien, a su vez,se la usurpó Alfonso VIII de Castilla. Recobrada por la Corona de Aragón, durante la minoría de Fernando IV de Castilla, volvió de nuevo a los estados de éste, y Juan II le otorgó, en 1422, el título de ciudad, en recompensa de los numerosos auxilios de gente que de ella hubo recibido durante la guerra del año anterior. Algunos después, en 1479, fue anexionada a la Corona castellana, previo el sitio que le puso el rey de Aragón, Fernando II, del cual la libertó el marqués de Villena.

Posteriormente, durante los preliminares que precedieron a la batalla de Almansa, ocuparon esta importante fortaleza el general portuguésmarqués de las Minas y el duque de Berwick. Durante la guerra de Sucesión ocuparon este castillo las tropas del archiduque de Austria; pero hubieron de abandonarlo, para no caer en poder del Borbón Felipe de Anjou, no sin antes haber salvado la artillería, que jugó buen papel en la antedicha batalla de Almansa -cuyo resultado fue la muerte de los gloriosos fueros de Jaime I el Conquistador-. Y, por último, cuando la epopeya de nuestra Independencia nacional, este legendario castillo despertó también la codicia de las huestes napoleónicas en la persona del mariscal francés, quien ordenó a Drouet, conde d'Erlou, intentase su posesión.

El monumental castillo de Chinchilla, antiguamente, formábanlo grandes murallones en escarpa y seis esquinas entrecortadas por torreones y rodeados de un foso de algo más de 6 metros de alto y ancho, sobre el que se tendió modernamente un puente de madera. La entrada, entre dos torreones, abierta a la parte más alta y de difícil acceso del cerro en que está situado, perdió todo el mérito artístico, debido a la desaparición de los calabozos que existían sobre dichos torreones y que la desfiguraron por completo. Constaba la torre de dos amplias habitaciones, una gran cisterna, que posteriormente fue convertida en depósito de pólvora, y dos puentes levadizos que la ponían en comunicación con el recinto de abajo y con el campo. Guardábanlo, además, varias atalayas avanzadas, de las que se ven aún vestigiosen los cerros que lo circundan.

En 1810, época de la guerra de la Independencia, fue reparado el castillo bajo la dirección del comandante de Ingenieros don Juan Antonio Cearra, quien destruyó las almenas de la muralla de su recinto, dejándola a la barbeta, e hizo, en cambio, construir una reducida capilla a la parte de saliente, bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen.

En 1822, cuando la guerra de aquella época, se recompuso parte de lo derruido por el sitio francés, bajo la dirección del oficial de Ingenieros señor Herrera, quien construyó troneras para cañón; mirando al norte levantó un edificio destinado a cuartel y otros para almacenes, cocina y horno de cocer pan.

En el cimiento de la torre construida por Pacheco, y dentro de su perímetro, tuvo el castillo un aljibe, cuyas aguas sólo podían utilizarse desde dentro de la torre, y Herrera la convirtió en almacén de pólvora.

En 1836 fue encomendado el reconocimiento y proyecto de obras por el capitán general de Valencia al comandante de Ingenieros TomásEnguídanos y al teniente Francisco Sánchez, emprendiéndose éstas en 22 de octubre de aquel año, bajo la dirección de Sánchez, que las llevó a cabo en 1837, artillando el castillo.

En el castillo de Chinchilla, de interés histórico, por haber desaparecido ya, resultan interesantes los datos de su existencia. Según documentos del siglo XVI, extractados por J. Paz, el castillo que encumbrábase en el cerco era difícil de mirar y de arremeter, por lo áspero del peñascal, requiriendo escasa guarnición para su defensa. Su foso, a la redonda, era cavado en peña viva en más de 10 metros de anchura. El puente de madera cargaba en un pilar grueso, en medio de dicho foso, siendo levadizo en su segunda mitad, con cadenas y artificios. Los muros, de labrada piedra, perduraban intactos. Los aposentos del interior estaban hundidos de reciente y fueron muy capaces para salas, cuadras, capilla, cocina y oficina. Hubo una torre llamada del homenaje, labrada de sillares, a gran altura, con muros de cuatro varas de espesor, más un gran aljibe en su cimiento y dos estancias superpuestas y abovedadas. Tuvo antigua artillería gruesa. El corregidor de la ciudad aconsejaba al rey la restauración de esta fortaleza fronteriza al reino valenciano. El duque de Maqueda fue alcaide de este castillo, cobrando derechos de castillería por 200 ducados anuales, más 150.000 maravedís por gajes concedidos por el rey.

Hay que consignar, finalmente, de la historia militar de este castillo, que, después de restaurado por don Juan Pacheco, en el siglo XV, sus defensores cristianos fueron derrotados en 1447 por los moros granadinos de Aben-Ozmin. Y más tarde, en 1477 sufrió otro rudo golpe por los guerreros de la reina doña Isabel la Católica, por haber levantado bandera por la Beltraneja doña Juana sus partidarios del marqués de Villena. Y mucho más podría decirse aún de esta fortaleza, que fue pasando, alternativamente, de una a otra corona de Castilla y de Aragón.
(Castillos de España - Carlos Sarthou)

Castillo de Trujillo


Este fuerte-castillo, árabe y cristiano, levanta, sobre un pequeño cerro, lienzos de murallas y altas torres de los siglos XIII al xv, recordando al turista aquellos combates librados ante sus fosos, por los cuales rodó el privado don Alvaro de Luna. Es obra cristiana sobre la primitiva fortaleza mora, encumbrada en la meseta granítica que domina la ciudad; de gran buque y recio.

El castillo conserva dos cuerpos: uno, más antiguo y regular, con torres salientes y muros de defensa; un aljibe árabe en su plaza, y sobre la torre del homenaje, la capilla de la Patrona: Nuestra Señora de la Victoria. El segundo cuerpo, con la capilla conmemorativa del día de la reconquista. La historia del castillo es la de la ciudad. Trujillo alcanzó su mayor grandeza en el siglo xv, cuando los Reyes Católicos la visitan varias veces, hospedándose en el alcázar de Luis de Chaves, y ponen fin a la guerra de Sucesión con la paz de Trujillo; pero su nombre, en la Historia, se lo da el más preclaro de sus hijos: Francisco Pizarro, el conquistador del Perú.

Despojado el infante don Enrique, en 1429, de los demás pueblos y castillos de sus estados, se retiró a la ciudad de Trujillo y se esforzó en fortificarla, a trueque de destruir sus arrabales, cosa que impidió el rey; pero sólo a traición pudieron sus huestes apoderarse del castillo.

Nicolás Díaz Pérez, cronista de Extremadura, dice que el castillo de Trujillo, sobreviviendo a sus destrozos bélicos, ha renacido cada vez más potente, hallándose en la actualidad en el mejor estado que se puede desear. El arqueólogo J. Ramón Mélida, al estudiar este monumento, afirma que conserva muchos detalles de las épocas fundamentales de su reconstrucción árabe y cristiana, y estima que el castillo formaba parte del gran recinto almenado que defendía la ciudad, abriéndose en él siete puertas, de las que solamente restan cuatro, y desfiguradas. La puerta de la alcazaba conduce al núcleo central y plaza de armas.

A oriente aparecen los restos del alcázar, con dos aljibes maravillosos: uno de ellos, con dos naves y bóvedas de cañón, de 8 por 5 metros, es parecido al de la alcazaba de la Alhambra, en Granada, y el otro es de tres naves, unidas por cuatro arcadas y 8 metros de profundidad.

Este castillo, que reedificaron los moros en 1018 de nuestra era (Mohamed, hijo de Suleimán), fue conquistado en 1184 por Alfonso VIII, reconquistado por Miramamolín y fortificado nuevamente en 1197, según el historiador conde de Campomanes.

En 1223 quedó definitivamente para los cristianos el monumental castillo de Trujillo.

(Castillos de España - Carlos Sarthou)