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martes, 17 de marzo de 2009

Castillo de San Servando (Toledo)


Situación - El castillo de San Servando se encuentra en Toledo, separado de la ciudad por el río Tajo.
Historia - San Servando es una fortaleza del siglo XIV construida hacia el año 1380 por orden del obispo Tenorio sobre un castillo anterior de origen musulmán, de mayor tamaño y de la que aún quedan los cimientos, que a su vez fue construida sobre una iglesia visigoda y esta sobre otra fortaleza anterior romana, como lo testimonian los restos de su argamasa. En efecto, los restos de argamasa romana que se divisan en la subida al castillo (origen de la calzada romana a Oretum, luego camino de Toledo a la Córdoba musulmana) indican la existencia de una fortaleza, protección eficaz de Alcántara y cabeza de puente para dominar la orilla izquierda del río. Quedaban visibles también, hasta hace pocos años en que se han cubierto de tierra, los cimientos de la fortaleza musulmana, con torres rectangulares y mucho mayor que la actual.
El castillo, propiedad real con el objeto de defender la ciudad de Toledo desde la orilla izquierda del río, se hundió su interior al perder su utilidad militar, cayendo también el muro hacia Toledo, el más débil sin duda. Destinado a almacén de pólvora en 1857, se ofreció su venta por 3.000 ptas. en 1873, pero fue declarado monumento al año siguiente, entregándose a la Comisión de Monumentos que, falta de medios, lo arrendaba para corral y efectuó someras excavaciones en el recinto.
Descripción - Su planta es rectangular, con torres cilíndricas y huecas en tres de sus esquinas, y otra intermedia en la cara al Sur, protectora de un pequeño postigo. La puerta principal, hacia la ciudad, se abre en una especie de torre albarrana. Tras de ella está la del homenaje, de grandes dimensiones y muy saliente del edificio, con su parte exterior de planta curva. Lleva tres matacanes, que se repiten en la torre sureste y está coronada de almenas sin saledizo, a plomo sobre los muros y con adarve interior. Las ventanas de los matacanes de las torres son de ladrillo y perfil polilobulado, las de los muros tienen dintel ornamentado por trabajo de ladrillos en esquina. En los muros de defensa hay aspilleras en la parte alta y troneras en la baja.
Estado de conservación - Le falta el antemuro y el foso, pero el resto se encuentra en muy buen estado. En 1945 fue reconstruido, instalándose en su interior primero un colegio y luego una residencia estudiantil, añadiéndole una torre más y abriéndose otra puerta hacia la carretera de acceso. Desde entonces se conserva dignamente y cumple una excelente función educativa.
Protección - Fue declarado Monumento Nacional por Orden del 26 de agosto de 1874. La ciudad de Toledo ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad.

lunes, 2 de marzo de 2009

Castillo de Campolongo (Puentedeume)


En esta villa medieval, cerca del mar, se levantó en el siglo XIII el castillo de Campolongo, que había de ser luego alcázar de los Andrade, finalmente restaurado por el duque de Alba. Pero aparte de este palacio del conde de Lemos, se conserva la torre mayor del antiguo castillo, que también fue reformado. El monumento nacional, palacio-fortaleza de los condes, es un conjunto de obras de distintas épocas, de planta rectangular, de 38 por 25 metros el cuerpo principal, más otros dos rectángulos más pequeños adyacentes, que dejan entre ellos un patio de tres alas con trece pilares de piedra sustentantes de zapatas de madera. Cierra el cuarto lado un muro con tres arcos apuntados del siglo XV, como el arco conopial de la puerta de la gran torre y escalera de la misma. En la fachada campea un gran escudo delconde de Lemos, del siglo XVII. Es de grandioso aspecto, digno de su historia y de sus leyendas, aun cuando no pueda competir con otros mayores de esta misma región gallega; pero lo hace notable la fortaleza de su obra, la esbeltez de su torre del homenaje y, sobre toda otra circunstancia, lo admirable de su emplazamiento, al punto de que quizá no haya en la región otra fortaleza que más propiamente merezca el nombre de «castillo roquero», digno modelo de los encumbrados en peñas bravas, que con toda energía mandaron derrocar los Reyes Católicos a comienzos del siglo XVI.

Afecta la forma de un polígono irregular, cuyos muros se amoldan a la perimetría o configuración del peñasco sustentante, reforzando los ángulos con pequeños torreones y defendiendo la única entrada posible con torres de base rectangular. La solitaria obra, de ajustada sillería, es de arquitectura tan bella como recia. Después de cruzar la gran puerta de entrada (situada a levante) y la plaza de armas, se llega a la torre del homenaje, levantada en uno de los ángulos. Es fuerte y esbelta, rodeada de foso y doble recinto amurallado y tuvo puente levadizo. Sus muros son casi de 3 metros de espesor; su anchura 10, y 20 su altitud sobre la plaza. Bajo sus tres plantas oculta un profundo subterráneo, cavado en la dura peña. Como todas las construcciones militares de la Edad Media, sus resistentes paredones apenas abren paso a la luz que filtran angostas saeteras, ni se ornamentan con otras galas arquitectónicas que las sobrias de su propio servicio y el especial trazado de sus puertas y ventanales que rasgan los muros. Los sillares son de hiladas regulares, y los alzados, soberbios. Su situación estratégica es la principal defensa. Y así pudo triunfar esta fortaleza no solamente de las luchas del feudalismo y los embates de los hermandinos, sino también de los embates del tiempo y la rapacidad de los hombres.

Salvo las obras interiores, ya perdidas, el estado de conservación del castillo es bueno, pues fue restaurado no ha muchos años por el arquitecto señor Tenreiro, a expensas de su propietario, el duque de Alba y conde de Andrade. Su reedificación interior no ofrece dificultades, y sería obra plausible para evitar su deterioro y facilitar el acceso hasta la terraza.

Derruido o abandonado el primitivo castillo que se había erigido en la limítrofe parroquia de San Martín de Andrade, débese la actual fortaleza al conde de Andrade, Fernán Pérez el Bueno, valido de Enrique II de Castilla y I de Galicia, por donación que este monarca hizo a aquél: el tronco del marquesado, que después vino a parar a la casa de Lerma y, finalmente, a la de Alba. Cuando en 1369 intentó dicho conde levantar el actual castillo, opusiéronse a ello los monjes de Sobrado, por cuyo motivo se retrasó la construcción, que en 1377 ya estaba terminada. Y fue testigo esta fortaleza de todas aquellas turbulencias que asolaron las tierras de Galicia en las postrimerías del siglo xv y que promovieron el levantamiento de los hermandinos, que en 1476 desmantelaron casi todas las fortalezas de Galicia, y cuyos principales jefes –entre ellos Alonso de Lanzós - es fama que perecieron entre las húmedas paredes de los sótanos de este castillo.
En él halló protección don Enrique de Trastámara, huyendo de su hermano el rey don Pedro de Castilla. Un publicista del pasado siglo nos lo describía como situado a 3 kilómetros de Puentedeume, sobre el enhiesto peñón, dominando parte de la encantadora Mariña. Desde la torre del homenaje, una muralla de 25 metros conduce a una torre cuadrada, y después, otra de 15, a las que defienden la entrada del castillo, cuya puerta surmonta el escudo de Andrade con inscripción ya borrada. Desde allí, otra muralla se dirige al norte, donde la torre mayor cierra la fortaleza; torre de cerca de 30 metros, que encumbra sus almenas a 75 sobre la base del peñón y es de planta cuadrada y de fortísima obra, revestida de sillares. Su frente mide 10 metros de anchura, mostrando una pequeña puerta, perdido ya el puente levadizo. Tuvo tres plantas y sótano, aquéllas de madera, y la superior, abovedada.

De piedra labrada fue el restante castillo, ya perdido. Un aljibe vaciado en la peña recogía las aguas pluviales. El señor de la fortaleza tuvo en su interior las habitaciones para su vivienda. El conjunto rodeábase de foso profundo y contraescarpa. Cuando reinó Enrique I de Galicia - II de Castilla -, en 1371 otorgó privilegios al condado de Andrade, que reforzó este castillo, al que unió Juan I, en 1379, el señorío de Villalba sobre los de Puentedeume y El Ferrol.

Castillo de Calatrava la Vieja


Hay dos Calatravas diferentes, completamente distanciadas geográficamente, aunque relacionadas históricamente, y son el castillo-monasterio de Calatrava la Vieja y el convento-fortaleza de Calatrava la Nueva; ambas en ruinas y declaradas igualmente monumentos nacionales.
De la primera, que tiene más de castillo que de monasterio, nos vamos a ocupar aquí seguidamente; pero de la segunda Calatrava, que tuvo más de convento que de fortaleza, trataremos en otro momento.
Repetimos: no hay que confundir el castillo de Calatrava la Vieja con el de Calatrava la Nueva, sito en la misma provincia, no lejos, pero en distinto término municipal. El primitivo castillo originario de Calatrava, en la margen izquierda del Guadiana, dista una legua de Carrión de Calatrava. Sobre las rocas oretanas de la Mancha destaca esta fusión de templo y de castillo, de gran mérito arqueológico, que, aunque desmoronado ya, se conserva mejor que su congénere de Montesa en tierras de Levante, que quizá perduraría aún si el terremoto de 1748 no hubiera dado con él al traste. El de la Orden de Calatrava sólo en parte ha sido destruido por los hombres y los elementos, y aún se aprecia su figura elíptica y el curso del profundo foso que 1o rodeó tomando aguas del río que lame sus cimientos. Dícese que aprisionó entre sus muros una mezquita, sin otro mérito que el de su obra de fortísima argamasa. Quedan grandes subterráneos para cuadras o cuarteles, depósitos de víveres y municiones y otros servicios. En su frontera aún destaca la románica iglesia de la Orden cruzada, con su gran óculo sobre la puerta, entre dos estriados ventanales, y dividiendo los entrepaños de los mismos, cuatro delgados cubos empotrados en el imafronte, a guisa de columnas murales.
En este templo monacal velaron sus armas los abades de Fitero y fueron enterrados los primeros maestres de la Orden hasta el traslado de sus restos a Calatrava la Nueva. Se conserva también la puerta de arco románico, de toscas dovelas entre pareados torreones de piedra y cuadrada base. Y en los alrededores del castillo, hoy campos de cultivo, los labriegos descubren muchas cimentaciones y antigüedades, fuera de las desmoronadas murallas y truncados cubos. A pesar del lamentable estado de conservación en que se encuentra, aún pueden admirarse en él las bellezas arquitectónicas de su fábrica y la severa elegancia de líneas del templo, que fue construido en la partecentral de la fortaleza mora.

Kalaat-Raawak, que quiere decir «castillo de las ganancias» (o conquistas a los cristianos), lo fundaron los árabes en la margen izquierda del Guadiana. Su nombradía como fortaleza comenzó en las guerras civiles de 742 cuando Ben-Ochoa atravesó con su lanza a Ben-Baxir. Situado entre Córdoba y Toledo, al paso de la España oriental, tuviéronlo los califas como punto estratégico, al ser plaza fronteriza ante los cristianos toledanos, conquistadores de sus castillos. Adalí, el gobernador de Kalaat-Raawak, llegó a inquietar a las huestes de Alfonso VII, matándole a valientes adalides de Escalona, Hita y Mora, hasta que murió, a picas de cristianos, en 1145. Y dos años después, Alfonso V el Magnánimo tomó en buena lid la temida fortaleza mora, convirtiendo en templo cristiano su mezquita, a cargo de los Templarios. Y tras éste, fueron cayendo en poder de los cristianos los castillos comarcanos de Alarcos, Caracuel, Mestanza, Alcudia, Almodóvar y otros. Los Templarios detuvieron diez años los embates de la morisma en Calatrava, hasta que allí, junto al río Fresneda, el emperador expiró, en brazos del arzobispo de Toledo. Y, libre de este enemigo, la morisma descendió de la sierra a la llanura de Calatrava, que desalojaron los Templarios, juzgando inútil su resistencia. Sancho III no hallaba quien defendiese el castillo donde llegó a sentar sus reales Miramamolín, recién venido del Africa, y al ver por allí abierta la frontera de su reino, ofreció Calatrava, en juro de heredad, con sus términos y castillos, al poderoso guerrero que se atreviese a defenderla. Consecuencia de este llamamiento, y por inspiración de un ensueño, al decir de la tradición, dos monjes cistercienses: Raimundo, el abad navarro de Fitero, y Diego Vázquez, antiguo guerrero de Alfonso VII, en las Cortes de Toledo se ofrecieron valerosamente a custodiar el castillo de Calatrava, llevando el primero a sus monjes y el segundo a sus guerreros, para sumar las armas a las oraciones y el sonar de la trompeta al toque de la campana. y así, 20.000 cristianos tomaron la ofensiva, entre corazas y cogullas, como dos ramas hermanas del mismo tronco.

El abad del monasterio de Fitero, que también se había distinguido como valiente guerrero en las huestes del difunto emperador, puso como condición para la defensa de la vieja Calatrava que se le permitiera fundar en ella una nueva religión militar; condición que aceptó el rey, nombrando a frey Raimundo capitán general de Calatrava, con donación territorial de lo prometido y además bastimentos, gentes, dinero, armas y municiones; formalizándose el trato en escritura otorgada en Almazán en enero de 1156. Y así nació, en 1158, la milicia de Calatrava, bajo regla benedictina, que Alejandro III confirmó en Roma en 1164, como también más tarde Gregorio VIII e Inocencio III. La comunidad, en la que figuraban sapientísimos e ilustres varones de elevada alcurnia, adoptó para sí la regla de San Benito y lasconstituciones del Cister. Le fueron concedidas a esta Orden toda suerte de beneficios y preponderancias, y las donaciones hechas a la institución por los monarcas fueron importantísimas.

Pero muerto Raimundo en la segunda mitad del siglo XII (sus restos fueron trasladados, en el xv, a los Bernardos de Toledo), los monjes regresaron a su antiguo claustro de Fitero y los caballeros se erigieron en Orden cruzada independiente del Cister, con sus maestres propios, en milicia permanente contra la morisma en Castilla y Aragón, tomándoles castillos y territorios y fundando casas monacales fortificadas en ellos, con amplia jurisdicción y pleno señorío territorial.
El de Calatrava se extendió desde Sierra Morena a los montes toledanos, hasta la sangrienta derrota de Alarcos (fines del siglo XII), en que los almohades de Aben-Yusef cayeron sobre la vieja Calatrava, cuyos muros, tras obstinada defensa, hubieron de ceder al embate muslimico, salpicados de sangre cristiana. Retirados los caballeros freires a Ciruelos primero y a Salvatierra después (a unas ocho leguas de la perdida Calatrava), se mantuvieron en crítica situación durante más de una década, hasta que hubieron de sucumbirtambién a la superioridad numérica de los árabes, quedando destruido el fuerte a los tres meses de incesante lucha, rindiéndose los heroicos defensores, desfallecidos por la sed y las heridas, y por mandato del rey Alfonso, al no poderles socorrer.

Como reacción al descalabro, germinó en Zorita la heroica cruzada de la Orden de Calatrava, y en su llanura y año 1212 el fragor de cerca de 100.000 combatientes recrudeció, hasta la nueva reconquista de la vieja Calatrava, tan disputada entre moros y cristianos, entregando aquellos a éstos las llaves en 1 de julio y perdonando éstos a aquellos sus vidas, que les segó el califa, por cobardes traidores.

Con Calatrava se cristianizaron Malagón, Caracuel, Salvatierra, Piedrabuena, Benavente, Ciruela, Alhambra y otras fortalezas. Con todos sus antiguos privilegios sentó su pabellón la Orden en Calatrava, otra vez, y en sus reconquistados territorios, y en memoria de sus caídos, fundaron ahora el santuario de sus mártires hermanos sacrificados por la patria y por la fe. Pero en vez de restaurar o reedificar su quebrantada Calatrava la Vieja, fueron a edificar la Nueva en un cerro fronterizo y colateral al de Salvatierra, y desmantelaron aquélla para traérselo todo a ésta y dejar la ermita de los mártires junto a unas históricas ruinas venerandas.

Fáltanos espacio para resumir siquiera la historia militar de aquella Orden caballeresca de Calatrava, complicada o fundida en la historiapoliticomilitar de aquellos turbulentos siglos de la Reconquista hispana, muy interesantes para el abandonado castillo de Calatrava la Vieja.