jueves, 19 de enero de 2012

Castillo de Riudabella

Situado en el del Parque Natural de las Montañas de Prades, en la comarca de la Conca de Barberà (Tarragona), a sólo 3 kilómetros del monasterio de Poblet y 6 de Vimbodí se encuentra este castillo cuyas centenarias piedras han visto pasar la historia de sus moradores, como lo demuestran los diferentes yacimientos prehistóricos, ibéricos y romanos encontrados en sus alrededores.


Después de que Ponç II de Cervera reconquistara estas tierras a los árabes hacia el 1132, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, las entregó a la abadía de Fontfreda en el año 1150 para fundar el monasterio de Poblet. Riudabella se convirtió entonces en una de las granjas cistercienses más activas de la zona y en el siglo XV el abad Delgado hizo construir en ella una casa de reposo para los monjes de más edad.
En el año 1835, con la desamortización de Mendizábal, los monjes tuvieron que abandonar Poblet y sus propiedades fueron saqueadas y destruidas. En 1841 la granja-castillo de Riudabella fue adquirida en subasta pública por Pedro Gil y Babot, y en 1860 se inició el proceso de restauración hasta llegar a su aspecto actual de recinto amurallado, bajo la tutela y gestión de los herederos de la familia Gil Moreno de Mora.
Entorno
El Castillo de Riudabella está situado en un paraje privilegiado en la falda del Parque Natural de las Montañas de Prades, en la comarca de la Conca de Barberà (Tarragona), a sólo 3 kilómetros del monasterio de Poblet y 6 de Vimbodí.
Rodeado por 180 hectáreas de viñas y bosques, el castillo permite disfrutar de un paisaje natural de gran belleza y de una tranquilidad encantadora, así como de una amplia oferta de actividades para hacer de la estancia una experiencia inolvidable.

Castillo de Cornatel

Castillo roquero que se avista desde la carretera que va de Ponferrada a Orense, recortándose y sus ruinas sobre un promontorio en el abismo, que le hacía inexpugnable.


Un castillo del siglo XIII, lleno de leyenda y misterio, de aspecto soberbio e imponente por la tajadura tan enorme de su peñasco de asentamiento.


Hay un collado de fácil acceso hasta él, con carretera asfaltada, aunque haya que trepar por la peña que le sirve de escabel para llegar a su meseta interior. Es muy grande el recinto, con perfiles irregulares.


Por la banda meridional corre un muro y sobre el precipicio surgen varios cuerpos del edificio que se utilizaron como viviendas.


La obra es de mampostería de pizarra, con todos los maltrechos arcos redondeados. Sus emblemas cuadrados entrelazados con rosa y estrella ostentaron el poder de los Templarios.


Perteneció a los condes de Lemos y marqueses de Villafranca, como cabeza de merindad. Allí buscaron refugio, en 1483, la viuda e hija de Don Pedro Álvarez Osorio, en los disturbios que se promovieron por su herencia.


Las cruentas batallas que se relatan en la obra «El Señor de Bembibre», entre los Templarios y el conde de Lemos, donde intervinieron guerreros cabreirenses, le llenan de poesía y de misterio.


Más allá, en Borrenes, aún circulan leyendas sobre el trasgo, y en el cercano lago de Carucedo sale la ondina Carisia a buscar requiebro de amores la noche de San Juan.


(foto y texto de "Castillos de León)

Castillo de Portilla - Zambrana

Se trata de un castillo roquero, de los más espectaculares de la provincia de Álava. Se encuentra en lo alto de un pico y ocupa un perímetro de 650 m.
Poseía una muralla extensa que alcanzaba los 2 m. de altura. Tuvo mucha importancia en los siglos XI y XII ya que constituía una pieza importante en la defensa del reino de Navarra. En el siglo XIII formaba parte del reino de Castilla y el castillo perdió importancia al no estar ya en zona fronteriza. Sus pobladores fueron abandonándolo desplazándose a los valles. De todas maneras la fortificación de la zona no solo quedaba relegada al castillo, sino que incluía a la población de Portilla.
El castillo fue despoblado en el siglo XIV.
Conserva dos torreones circulares entre los lienzos de la muralla. La entrada al castillo era dificultosa y debía superar un foso, excavado en roca, que todavía hoy se mantiene.

Castillo de Agreda

Tres reinos, Castilla, Aragón y Navarra, y tres culturas, cristiana, árabe y judía (en inusual convivencia), dejarían durante siglos su impronta en la historia, el arte, la arquitectura y las costumbres de la villa de Ágreda. No en vano contó con una de las aljamas y comunidad mudéjar más importantes de su época.


Cuatro son los recintos murados que acogieron la villa, singulares en cuanto a su forma, no como ampliaciones una de otra, sino como conjuntos independientes que se fueron levantando a medida que la población crecía como consecuencia de las repoblaciones procedentes de su entorno, desde San Pedro Manrique o Yanguas. La Muela es el centro de esta primera barrera defensiva, de época califal o emiral, realizada a tizones y donde se encuentra la torre o castillo de la Mota. Se conservan dos accesos con arco de herradura (aunque se sabe que tuvo al menos dos más), algunos muros, y la torre, muy posterior y de origen cristiano.


A partir de Alfonso VII, una vez cristiana la villa, se levantan los demás recintos. El segundo, levantado por el crecimiento de la ciudad debido sobre todo a los nuevos vecinos procedentes de Yanguas, en la margen derecha del bicéfalo río Queiles (el otro tramo nace en Vozmediano), y algo más alto que el primero, contó con cinco puertas, de las que se conservan tres: las de Santo Domingo, los Pilares y la de Almazán. El tercer recinto se construyó para protección de los repobladores procedentes de Magaña y San Pedro Manrique, y cubría de forma irregular las iglesias de sus barrios. Contaba con un fuerte torreón (el de Costoya) y al menos cinco puertas. El último, algo posterior, contaba con otras cinco puertas en torno a San Miguel.


El origen de Ágreda lo encontraremos en sus escasos restos romanos. Tuvo que ser enclave de relativa importancia, no sólo por el trazado de una de las más importantes vías romanas, la de Astúrica (Astorga) a Caesaraugusta (Zaragoza), pasando por Augustóbriga (Muro de Ágreda), sino también por el estratégico lugar que ocupa, en la cabecera del tajo que nos llevará hacia Aragón y Navarra por Tarazona.


Como es habitual, hay poca noticia de su época visigoda, hasta el siglo X en que se construyó el primer recinto, ya bajo la dominación árabe. Las primeros ataques de la reconquista contra Agrita ocurren en el siglo siguiente de mano de los reyes Navarros y Aragoneses, y se consolida bajo el mandato del batallador aragonés en 1118, que llegará en sus luchas hasta Zaragoza.


Desde ese momento y hasta el siglo XV, su situación fronteriza entre los tres reinos hará que sea objeto de disputas entre Castilla, Navarra y Aragón en repetidas ocasiones. Resultado de éstas sería la reiterada oposición agredeña al sometimiento de señoríos impuestos de una u otra manera: el Trastámara Enrique entregaría Ágreda a Mosén Claquín (Beltrand Duguesclin, como pago por su colaboración en el fratricidio de Pedro I el cruel); Enrique III haría lo propio con los Hurtado de Mendoza; o a Don Beltrán de la Cueva años después Enrique IV. En todos los casos hubo tan seria oposición de los caballeros de la ciudad que tuvo que recurrirse a algún que otro arreglo, como el intercambio de Almazán en el caso de los Mendoza.


Hoy la población es un hermoso conjunto de palacios, conventos, iglesias y murallas: la iglesia de San Juan Bautista, las de N. S. de la Peña, de los Milagros, de Magaña y de Yanguas, la de San Miguel, el palacio de los Castejones, los arcos y puertas de las murallas,... son algunos ejemplos de esta diversidad, aunque no todos se encuentran en buen estado. Aquí vivió la consejera de Felipe IV, Sor María de Jesús, en el convento de concepcionistas, y fue cuna de una numerosa lista de importantes familias nobles como los Velamazán, Castejón, Paredes, Fuerteventura,... Destaca especialmente la profunda devoción a la negra Virgen de los Milagros de no sólo los agredeños, sino de las comarcas limítrofes.


(Foto y texto de la Web de "Castillos de Soria")

Castillo-Fortaleza de Bihar

Controlando el paso natural hacia el valle de Castalla y en la margen izquierda del río Vinalopó, se levanta este castillo sobre la población de Biar, en lo alto de una cresta de 745 metros sobre el nivel del mar. Presenta una planta de doble recinto amurallado, defendida por cubos semicirculares en saliente y ordenada alrededor de la gran torre exenta de planta cuadrada, realizada con la técnica del tapial y con una altura próxima a los 19 metros, suficientes para albergar tres pisos.


La torre cuadrada realizada en hormigón de tierra y cal es el único elemento atribuible a época islámica; técnica y tipológicamente podemos compararla con las torres próximas existentes en los castillos de Villena, Bañeres, Novelda, Elche, etc.


El elemento más singular de esta torre es, sin lugar a dudas, la bóveda de arcos entrecruzados existente en su segunda planta. Formada por ocho arcos apuntado-alancetados de marcados nervios, cuyos arranques emulan falsas ménsulas de cuarto de bocel y se entrecruzan alternativamente enmarcando con sus claves una roseta o pátera en su centro.


La bóveda de la torre de Biar es una pieza singular que no puede desligarse de sus hermanas existentes en la próxima torre del castillo de Villena, y, como ellas, se puede encuadrar perfectamente en la segunda mitad del siglo XII, dentro de las obras de tradición Almohade.


El castillo de Biar formaba parte de la frontera estipulada el 20 de marzo del año 1179 entre las Coronas de Castilla y de Aragón en la ciudad de Cazola; ratificada en el Pacto de Almizra, en el año 1244 y conquistada por Jaime I en 1245. En el año 1287 Biar fue declarada "Villa Real" con voto en las Cortes Aragonesas.


A finales del siglo XV, sufrió profundas reformas, dotándolo del doble recinto actual, con sus cubos semicirculares de base alamborada y troneras a media altura, con su adarve y estrecha liza y sobre todo la bóveda y cubiertas de la última planta de la torre, de claro estilo mudéjar. Hasta hace escasos años el castillo sirvió de cementerio de la población.


(según Rafael Azaur y Francisco J. Navarro en CASTILLOS DE ALICANTE)